Se abren Las Puertas de la Justicia.
Mas no hay justos que las vean.
Están cayendo piedras desde el cielo pasado.
Pero el horizonte existe.
Caen trozos de papel con mensajes escritos.
Mas quien los envía trae la daga escondida.
Están los amigos ahogados por dentro.
Pero la voluntad de la unión prevalece.
Se hacen oscuros: el deber, la misión.
Manchan con sus lineas calladas.
La opción del triunfo en el pecho desfallece.
En falsa tranquilidad se pierde, ¡se queda!
Las puertas, entonces, abiertas por otros,
se van cerrando oxidadas.
La sombra de un traidor,
de un perdedor a sueldo
las mantiene lejanas, ¡imposibles!
Los justos se vuelven contra la mano amiga.
La venden por unas monedas, por ser del montón.
Ya no son justos ahora son fantasmas.
Son seres horrendos que se ríen, que se burlan
de la despedida, del vano intento.
Es cierto que las puertas están.
Es cierto permanecen inmóviles.
Tras ellas el abismo puede existir
siendo mejor que estar dentro.
Los justos ocultan sus rostros.
¡Los pocos justos!
Se marchan derrotados por la impotencia y el silencio
con sus míseras monedas.
Sólo esperan que el tiempo los vengue.
Que por sus pasos puedan volver trayendo
la justicia ansiada,
la bendita justicia esperada.
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