Puedo mirar la luz de un cielo pequeño.
Son mías, por un instante,
sus estrellas,
sus nubes lejanas que unidas copian
mis cadenas gruesas.
Son mías,
las sombras que pasan raudas,
las aves que de lo alto defecan.
Puedo mirar otros rostros cerca.
Mas mi llanto no miran, no sienten.
Se desganan, se van yendo con la última luz
de ese cielo lejano,
impedido,
quizás por mis cadenas gruesas,
quizás porque no lo vi nunca,
lo olvidé.
¡Oh Dios mío!
¡Cuánta justicia merecí!
Estando dentro el tiempo es el infierno.
Lo sabes tú, y te callas
¡Por qué!
Lo sabe el mundo inhumano que dejé.
Lo sabré yo si de las muñecas desprendo,
oxidadas,
mis únicas y verdaderas cadenas:
los años que siguen huyendo,
la desolación,
el miedo a la ingnorancia eterna.
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